Es abril de 1987. Estamos en San Miguel, donde una Renault Break 82 avanza cargada de equipos e instrumentos por la ruta 202, aledaña a Campo de Mayo, interrumpida en varios tramos por el levantamiento carapintada de Aldo Rico, que corta el aliento a todo un país. Maneja Carlos Alonso, el factótum del grupo electrónico y experimental Uno x Uno.
Va con músicos y sonidistas. Aprovecha una acumulación de autos y la confusión de golpistas (sí, no eran muy brillantes) para pasar sin ser revisado. Tiene que tocar y grabar en vivo en el Parakultural su segundo disco, Sangre y data. El no lo sabe concientemente, pero está en guerra. Tal vez lo intuya. No lo detienen la inflación, las críticas adversas a su voz y la dificultad que experimenta para conectarse con el gran público. Alguien va a ir al Parakultural, pese al intento de golpe y a los cortes de calles en pleno centro de Buenos Aires. Alguien va a valorar este show, piensa.
Antes de estar ahí, en ese momento, ya había hecho varias cosas increíbles. Este voluntarista (“todo me parece posible” es una de sus frases favoritas de la época, chequear el primer disco de Uno x Uno, El infinito cercano), eslabón perdido entre el rock nacional de los setenta y la vanguardia musical nacional de fines de los 80, especie de Blixa Bargeld argentino (sin saberlo), inconsciente e ignorado, tozudo y suburbano, ya había tocado música instrumental cuando nadie le prestaba atención (tenía un grupo con ese estilo, Los Brujos, antes de Los Brujos de Fin de semana salvaje), había sido revelación en el festival de La Falda con el grupo Barrio (dos discográficas grandes se peleaban por él; pero de eso “no quedó nada”, cuenta), y había fundado Willy Miller y los Peores del Barrio, un grupo que tenía el germen poco digerible de Uno x Uno pero también puntos en común con lo que haría después Sumo, según cuenta él, y sobre todo músicos muy asustados e incómodos por las búsquedas de Carlos que de a poco se volvían más “psicóticas”. ¿Mezclar tango con el estilo de King Crimson, boleros y twist? ¿Es posible? No, pensaban algunos músicos de Willy Miller, un grupo cuyo nombre guarda un isomorfismo con el de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y en el que tocó en sus comienzos Guillermo Piccolini, que después se haría famoso en España con Los Toreros Muertos y que tocaría con Roberto Pettinato en Pachuco Cadáver. Sí, pensaba Carlos, y sufría porque no se entendía algo “tan natural”.
(este es el comienzo del capítulo Todo me parece posible: Uno X Uno, del libro Gente que no)

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